Travel tales by Ana

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Ruta por Islandia en camper: itinerario de 8 días

Recorrer Islandia en camper fue, sin exagerar, uno de los viajes más especiales que he hecho nunca. No solo por los paisajes, que parecen sacados de otro planeta, sino por la sensación constante de estar viviendo una aventura: carreteras infinitas entre volcanes, cascadas que aparecen sin previo aviso, glaciares, playas negras y pueblos diminutos en mitad de la nada.

Viajar así, con la casa a cuestas, te cambia completamente la forma de ver el país. No tienes horarios, no dependes de reservas, no sabes exactamente dónde vas a dormir esa noche… y justo ahí está la magia. Puedes quedarte más tiempo en un sitio que te enamora, improvisar si el tiempo cambia o simplemente parar porque el paisaje te deja sin palabras.

En este post te voy a contar nuestro itinerario de unos ocho días por Islandia en camper, tal y como lo vivimos: con sus momentos increíbles, sus imprevistos, sus madrugones, sus cansancios y también sus pequeñas recompensas. No es una ruta perfecta ni cerrada, sino una experiencia real que puede servirte como base para organizar la tuya.

Resumen del contenido

CONSEJOS PRÁCTICOS ANTES DE VIAJAR

Antes de lanzarte a recorrer Islandia en camper, hay algunas cosas que conviene tener claras, porque te van a facilitar mucho el viaje y, en algunos casos, te van a ahorrar dinero, tiempo y algún que otro susto.

1. Seguro de viaje

Viajar a Islandia sin un buen seguro de viaje no es lo más recomendable. No es un país peligroso, pero sí muy imprevisible.

Entre el clima cambiante, las carreteras, las excursiones por zonas naturales y las caminatas cerca de agua, hielo o rocas resbaladizas, cualquier pequeño percance puede complicarse bastante si no tienes cobertura.

Nosotros viajamos con seguro y fue una tranquilidad durante todo el recorrido. Además, si vas en camper, conviene revisar bien también el seguro del vehículo, sobre todo en lo relacionado con daños por grava, viento o arena volcánica. En Islandia, el viento puede ser tan fuerte que una puerta mal abierta se convierte en un problema serio en segundos.

2. Internet, datos y tarjetas SIM

Aunque Islandia parece un país remoto y salvaje, la cobertura es sorprendentemente buena en la mayor parte del recorrido, especialmente si haces la ruta principal.

En mi caso, al ser de Europa, pude usar el roaming sin problema con mi tarifa. Tenía datos casi todo el tiempo y me permitió consultar mapas, el tiempo, campings o restaurantes sin complicaciones.

Si no tienes roaming incluido o viajas desde fuera de Europa, una muy buena opción es comprar una eSIM, como por ejemplo con HolaFly, que se activa antes de viajar y te olvidas de buscar tiendas allí.

Tener internet en Islandia es especialmente útil para consultar el parte meteorológico, porque muchas decisiones del día a día dependen del tiempo.

3. Moneda, pagos y cambio de divisa

Una de las primeras cosas que nos llamó la atención es que en Islandia prácticamente no se usa el efectivo. Se paga absolutamente todo con tarjeta: gasolina, parkings, supermercados, baños públicos, cafeterías… incluso cantidades muy pequeñas.

Nosotros no cambiamos ni una sola corona islandesa durante todo el viaje. Usamos siempre la tarjeta y, en mi caso, llevé Revolut, que viene genial para pagar en otra moneda sin comisiones y con buen cambio. Al final, es mucho más cómodo que ir buscando casas de cambio o sacar dinero.

Eso sí, es recomendable avisar a tu banco antes de viajar para evitar bloqueos por pagos en el extranjero, sobre todo si no usas tarjetas tipo Revolut.

4. El clima: prepárate para todo, siempre

Si hay algo que define a Islandia, además de sus paisajes, es su clima imprevisible.

Nos pasó más de una vez empezar una ruta con sol y gafas de sol, y diez minutos después estar poniéndonos el chubasquero porque parecía que se iba a caer el cielo. Viento, lluvia, granizo y sol pueden aparecer en el mismo día sin previo aviso.

Por eso es fundamental ir bien preparado: ropa impermeable, algo térmico, cortavientos y calzado resistente al agua. Da igual en qué mes viajes, siempre hace fresco y siempre conviene llevar capas.

Mirar el parte meteorológico cada mañana se convierte casi en un ritual.

5. Respeto por la naturaleza y normas básicas

Islandia cuida muchísimo su entorno natural, y como viajero también es tu responsabilidad respetarlo. No está permitido acampar libremente en cualquier sitio, ni aparcar la camper donde te apetezca para pasar la noche. Dormir fuera de las zonas habilitadas puede suponer multas bastante altas, además del impacto que tiene sobre el entorno.

Por eso, algo fundamental cuando viajas en camper es saber dónde puedes dormir legalmente. A nosotros nos ayudó muchísimo usar la aplicación Park4Night, donde puedes encontrar campings, áreas habilitadas para campers, parkings donde está permitido pasar la noche y otros lugares recomendados por viajeros.

Lo mejor de la app es que incluye opiniones reales, fotos y comentarios de gente que ya ha estado allí, así que puedes hacerte una idea bastante clara de cómo es el sitio antes de ir. Muchas veces nos salvó el final del día, cuando ya estábamos cansados y no sabíamos dónde dormir.

Además, es importante respetar siempre los caminos marcados, no pisar el musgo (que tarda décadas en recuperarse), no salirse de las carreteras y hacer caso a los cierres por mal tiempo. Muchas veces no son solo normas “por cumplir”, sino medidas de seguridad reales.

Viajar por Islandia también implica aprender a convivir con una naturaleza salvaje y frágil, sin dañarla, para que siga siendo igual de espectacular para los que vengan después.

6. ¿Es Islandia un país caro?

Sí, Islandia es un país caro. No merece la pena engañarse.

La gasolina, los restaurantes, las excursiones y muchos alojamientos tienen precios bastante altos comparados con otros destinos europeos. Comer fuera todos los días puede disparar fácilmente el presupuesto.

Ahora bien, viajando en camper se puede ahorrar bastante si te organizas bien. Nosotros comprábamos mucha comida en supermercados y cocinábamos en la furgoneta, lo que ayudó mucho a mantener el gasto controlado. Hay supermercados repartidos por casi todo el país, incluso en zonas bastante aisladas.

Al final, no es un destino barato, pero tampoco tiene por qué ser prohibitivo si sabes dónde gastar y dónde recortar.

CÓMO MOVERSE

Nosotros decidimos recorrer Islandia en camper porque buscábamos libertad. Queríamos movernos a nuestro ritmo, improvisar, no depender de reservas y tener la posibilidad de quedarnos más tiempo en los sitios que nos gustaran de verdad.

Con la camper puedes cambiar de planes sobre la marcha, alargar una parada si el sitio te enamora o seguir conduciendo si el tiempo no acompaña. No tienes que mirar el reloj ni preocuparte por llegar a un hotel concreto: tú marcas el ritmo del viaje.

Eso sí, viajar en camper no es siempre cómodo. Hay días de cansancio, noches frías, duchas rápidas en campings y mañanas en las que cuesta salir de la cama. A veces toca recoger todo con sueño, conducir con viento o preparar el desayuno con guantes.

Pero también tiene momentos únicos: despertarte frente a una montaña, desayunar con vistas a un fiordo o aparcar al lado de una cascada al final del día. Son pequeños detalles que hacen que el viaje se sienta mucho más especial.

Evidentemente, no es la única forma de recorrer el país. Mucha gente lo hace en coche de alquiler y se aloja en apartamentos u hoteles, lo cual es más cómodo, pero también más caro y requiere bastante más planificación. Otra opción son las excursiones organizadas, ideales si tienes pocos días o no quieres conducir, aunque pierdes bastante flexibilidad.

Para nosotros, el camper fue la mejor elección posible. Nos permitió adaptarnos al clima, cambiar planes en el último momento y vivir Islandia de una forma mucho más intensa y auténtica, sin prisas y sin ataduras.

ITINERARIO DÍA A DÍA

A partir de aquí empieza el corazón del viaje: el recorrido día a día.

En los siguientes apartados te iré contando qué hicimos cada jornada, qué lugares visitamos, dónde dormimos, qué nos sorprendió y qué haría diferente si volviera. Todo con fotos, anécdotas y pequeños detalles que no suelen aparecer en las guías tradicionales.

Día 1: Reikiavik

Nuestro viaje empezó de una forma bastante tranquila… y muy cansada. Llegamos a Islandia de noche y bastante tarde, así que ese primer día no tuvo nada de turístico. Recogimos la camper en la empresa de alquiler y nos fuimos directamente hacia Reikiavik para pasar la noche y descansar. Teníamos por delante muchos kilómetros y sabíamos que al día siguiente empezaba lo bueno.

Dormimos sin demasiadas complicaciones y, ya por la mañana, con más energía, arrancamos oficialmente nuestra aventura islandesa.

Nuestro primer objetivo fue Hallgrímskirkja, la iglesia más famosa de la ciudad y uno de sus grandes símbolos. Nada más verla, impone bastante: enorme, blanca y con esa forma tan característica que recuerda a columnas de lava. Desde allí ya empiezas a sentir que estás en un país diferente.

Después bajamos caminando hacia Tjörnin, el pequeño lago del centro, rodeado de casas de colores y lleno de patos y cisnes. Es una zona muy tranquila, perfecta para pasear sin prisas y empezar a meterte en el ambiente de la ciudad.

Desde allí seguimos andando hacia el ayuntamiento y pasamos también por la Dómkirkjan, la catedral luterana. No es muy grande, pero tiene ese encanto sencillo típico de Islandia.

Continuamos hacia el muelle antiguo, viendo los barcos y el puerto, cuando empezó a llover bastante. Y como el tiempo no acompañaba demasiado, decidimos refugiarnos un rato en un museo vikingo, donde pasamos un buen rato aprendiendo un poco más sobre la historia del país y entrando en calor.

Al salir del museo, seguimos caminando hacia la zona de la ópera, Harpa Concert Hall. El edificio es espectacular, sobre todo por fuera, con esa fachada de cristal que refleja el cielo y el mar. Incluso con mal tiempo, merece mucho la pena verlo.

Muy cerca entramos en Kolaportið, un mercado bastante curioso donde hay un poco de todo: ropa de segunda mano, souvenirs, comida típica y cosas bastante random. Es uno de esos sitios en los que puedes perderte un buen rato mirando sin darte cuenta.

Después seguimos paseando por el centro, especialmente por Laugavegur, la calle principal de tiendas, cafeterías y restaurantes, y también por la famosa calle del arcoíris, llena de color y siempre con gente haciéndose fotos.

Skólavörðustígur

Nos acercamos también al Sólfarid (Sun Voyager), el “Viajero del Sol”, una escultura junto al mar que representa un barco vikingo moderno. Con el cielo nublado y el viento, tenía un punto bastante especial.

Después de toda la mañana caminando, ya íbamos bastante cansados, así que paramos a comer en un restaurante del centro para recuperar fuerzas. Tras eso, pasamos por el supermercado para comprar comida para los próximos días, porque a partir de ahí empezaríamos a movernos por zonas mucho más rurales.

Con la nevera medio llena y la camper lista, arrancamos ya rumbo al parque nacional de thingvellir.

Nuestra idea era dormir cerca de Þingvellir, porque sería el punto de partida del día siguiente. Pero antes de llegar al camping, hicimos una última parada improvisada.

Nos desviamos un poco para ver Öxarárfoss, una cascada situada dentro del parque nacional. Fue una forma perfecta de cerrar el día: naturaleza, silencio, agua cayendo entre rocas y la sensación de que, ahora sí, el viaje acababa de empezar de verdad.

Ya de noche, llegamos al camping, aparcamos la camper, cenamos algo rápido y nos fuimos a dormir, con la emoción de saber que al día siguiente empezaba uno de los tramos más espectaculares del recorrido.

Öxarárfoss

Día 2: Aguas termales, géiseres y cascadas del Círculo Dorado

Nos despertamos en pleno Parque Nacional de Þingvellir, rodeados de naturaleza y con una sensación increíble: abrir la puerta de la camper y encontrarte con uno de los lugares más importantes del país delante de ti no pasa todos los días.

Empezamos el día recorriendo la zona poco a poco, bordeando el enorme Þingvallavatn, el lago más grande de Islandia. Fuimos parando en distintos miradores y zonas con formaciones rocosas impresionantes, donde se ven claramente las grietas que separan las placas tectónicas de América y Europa. Caminar por allí es como estar literalmente entre dos continentes.

Desde allí pusimos rumbo a Reykjadalur, uno de los sitios que más ilusión nos hacía ese día. Aparcamos la camper, nos pusimos las mochilas y empezamos una ruta por la montaña hasta llegar a unas piscinas termales naturales.

Durante la caminata ya empiezas a notar que estás en una zona volcánica activa. En varios puntos del camino salía humo del suelo por pequeñas grietas y agujeros. Esto ocurre porque, bajo la superficie, hay agua que se calienta al entrar en contacto con rocas volcánicas muy calientes. Esa agua se convierte en vapor y busca salida hacia arriba, creando esas fumarolas tan características.

Después de una buena subida, llegamos por fin al famoso río caliente. Nos bañamos un rato, aunque había bastante gente, y la verdad es que fue una experiencia increíble: estar metido en agua caliente en mitad de la montaña, con el frío alrededor, es algo muy especial. El agua estaba calentita y súper agradable, perfecta para relajar las piernas después de la caminata.

De vuelta al parking, cuando ya estábamos bajando, nos encontramos con unas cabras peludas, muy islandesas, que parecían sacadas de un documental. Fue uno de esos encuentros inesperados que hacen el viaje aún más especial.

Después de la ruta y el baño, empezamos ya con la parte más clásica del Círculo Dorado.

Nuestra primera parada fue en Kerið, un cráter volcánico al que puedes bajar caminando hasta el fondo. Dentro hay un pequeño lago y lo que más impresiona es el contraste de colores: la tierra rojiza, el agua oscura y el cielo encima. Parece casi irreal.

Seguimos después hacia Brúarfoss, una cascada pequeñita, pero con un color azul turquesa espectacular. No es muy grande, pero el tono del agua es tan intenso que parece editado. Merece mucho la pena el paseo hasta llegar.

Bruarfoss

Más tarde llegamos a la zona de géiseres, donde está Strokkur, el más famoso y activo. Explota aproximadamente cada cinco minutos, lanzando una columna de agua caliente hacia el cielo. Nunca había visto un géiser en directo, y la verdad es que impresiona mucho, sobre todo cuando no sabes exactamente cuándo va a salir.

Todo el mundo se queda en silencio mirando… y de repente, ¡boom! Agua disparada hacia arriba y gritos de sorpresa.

Desde allí fuimos a uno de los platos fuertes del día: Gullfoss.

Gullfoss nos encantó. Es enorme, potente y salvaje. El agua cae con una fuerza brutal en dos niveles, formando una garganta impresionante. Además, te puedes acercar bastante, así que acabas empapado por la niebla que se forma. Sentir la fuerza del agua tan cerca fue uno de los momentazos del viaje.

Ya por la tarde, emprendimos camino hacia el sur del país. De camino a Skógafoss hicimos una parada en Gluggafoss, una cascada menos conocida y más pequeña, pero con mucho encanto. Tiene varias caídas y unas formaciones rocosas muy curiosas. Fue una sorpresa muy agradable.

Finalmente llegamos a Skógafoss, una de las cascadas más famosas del país.

Esa noche dormimos en el parking que está justo a los pies de la cascada. Cenar escuchando el ruido del agua cayendo y dormir con ese sonido de fondo fue una experiencia brutal.

Estábamos cansados, mojados y con las piernas cargadas… pero felices. Había sido uno de los días más completos del viaje, y todavía quedaba muchísimo por descubrir.

Gluggafoss

Día 3: Cascadas secretas, playas negras y aventura en el glaciar

Nos despertamos ese día con una de las mejores vistas posibles: justo a los pies de Skógafoss. Abrir la puerta de la camper y ver la cascada delante, con el sonido del agua de fondo, fue una auténtica pasada.

La vimos solo desde abajo, que ya impresiona muchísimo, aunque existe un recorrido para subir por las escaleras laterales y verla desde arriba. Nosotros decidimos no hacerlo ese día y seguir con la ruta, porque teníamos bastantes paradas por delante.

Antes de seguir hacia el este, hicimos una parada en Kvernufoss, una cascada muy cerquita de Skógafoss que mucha gente se salta. Hay que caminar un poco por un sendero sencillo, pero merece totalmente la pena.

Es más pequeña, más tranquila y tiene un encanto especial. También puedes pasar un poco por detrás del agua, lo que hace que la experiencia sea todavía más bonita y mucho más íntima que en otras cascadas más famosas.

Después, dimos un pequeño rodeo hacia atrás para ir a Seljalandsfoss, que el día anterior no habíamos podido ver porque se nos hizo de noche.

Seljalandsfoss es la típica cascada de postal: el agua cae y puedes caminar justo por detrás. Es preciosa, pero también muy concurrida. Nuestra recomendación es ir lo más temprano posible, porque llegan muchos autobuses de excursiones y se llena rápido.

Muy cerca está también Gljúfrabúi, más conocida como Gljufrafoss. Para llegar tienes que meterte por una grieta en la montaña, cruzar entre rocas y agua… y acabar probablemente empapado.

Pero merece muchísimo la pena. Estás literalmente dentro de una especie de cueva, con la cascada cayendo delante de ti. Es una experiencia súper especial y diferente.

Seljalandfoss

Siguiendo la ruta, fuimos viendo de lejos el glaciar Eyjafjallajökull, famoso por la erupción de 2010 que paralizó el tráfico aéreo en media Europa. Impresiona pensar que bajo todo ese hielo hay un volcán activo.

Nuestra siguiente parada fue en Dyrhólaey, un mirador espectacular sobre la costa. Desde allí se ven las playas negras, las olas rompiendo con fuerza y el famoso arco de roca en el mar. Con viento y nubes, el paisaje se veía todavía más salvaje.

No pudimos ir al avión estrellado ese día por el mal tiempo, así que seguimos directamente hacia la zona de playas.

Llegamos a Vík í Mýrdal y a la famosa Reynisfjara, la playa de arena negra con columnas de basalto.

Es uno de los lugares más impresionantes del sur, pero también uno de los más peligrosos del país por sus corrientes traicioneras. Las olas pueden llegar de repente y arrastrarte, así que hay que respetar siempre las señales y mantener distancia.

Por la tarde teníamos contratada una excursión desde Vík para visitar el glaciar del volcán Katla.

Nos recogieron en unos vehículos todoterreno enormes, con ruedas más altas que yo, y nos llevaron por pistas imposibles hasta llegar a la zona glaciar. Solo el trayecto ya fue toda una aventura.

No entramos en una cueva de hielo como tal, sino en una zona con formaciones, túneles naturales, grietas y polvo negro, procedente de la actividad volcánica bajo el glaciar. Ese contraste entre el hielo blanco, el negro volcánico y el azul del hielo era impresionante.

El guía nos explicó cómo se forman esas cuevas, cómo cambia el glaciar cada año y cómo la actividad volcánica influye en todo el paisaje. Pudimos caminar un rato por el hielo, con crampones, y fue una experiencia muy diferente a todo lo que habíamos hecho hasta entonces.

Katla Ice Cave

Después de la excursión, ya bastante cansados, decidimos hacer una última parada antes de buscar dónde dormir: Fjaðrárgljúfur.

Llegamos justo al atardecer, y fue uno de esos momentos mágicos del viaje.

El cañón es espectacular, con paredes llenas de musgo verde, rocas oscuras y un río serpenteando por el centro. El contraste de colores, con la luz suave del final del día, hacía que pareciera un paisaje sacado de una película.

Paseamos un rato por los miradores, sacamos mil fotos y simplemente nos quedamos en silencio disfrutando del sitio.

Esa noche dormimos por la zona, cerca del cañón, ya con el cuerpo reventado pero con la sensación de haber vivido uno de los días más completos del viaje.

Habíamos visto cascadas, glaciares, playas, acantilados, volcanes y cañones… todo en una sola jornada. Islandia no deja de sorprender.

Fjaðrárgljúfur

Día 4: Cascadas de basalto, icebergs y la magia de Jökulsárlón

Ese día nos despertamos con la idea clara de seguir avanzando hacia uno de los lugares más especiales del viaje: la laguna glaciar de Jökulsárlón.

Nada más ponernos en marcha, ya empezamos a ver paisajes espectaculares desde la carretera. A lo lejos divisamos Foss á Síðu, una cascada que cae desde un enorme acantilado. No paramos allí, pero incluso desde la distancia impresiona verla deslizándose por la roca.

También pasamos cerca de la zona de Skaftafell, rodeados de glaciares, montañas y enormes extensiones verdes. Todo empezaba a tener ya tonos otoñales, con algunos colores rojizos mezclados con el verde intenso del paisaje.

Nuestra primera parada importante del día fue Svartifoss, una de las cascadas más curiosas del país.

Dejamos la camper en el parking y empezamos un pequeño trekking para llegar hasta ella. El camino ya merece la pena por sí solo: rodeado de vegetación, colinas suaves y vistas preciosas. Además, al ir entrando el otoño, el paisaje tenía un color especial, con hojas rojizas mezcladas con el verde.

Durante la caminata pasamos primero por Hundafoss, una cascada más pequeña pero muy bonita, que sirve casi como aperitivo antes del plato fuerte.

Después de un rato andando, llegamos por fin a Svartifoss. Es una cascada que cae desde bastante altura, rodeada de columnas de basalto negro que parecen sacadas de una catedral natural. Puedes acercarte bastante a la base y sentir el agua cayendo con fuerza. Es uno de esos lugares que te hacen parar, sentarte un momento y simplemente mirar.

Svartifoss

Tras la caminata, retomamos la carretera rumbo a nuestro gran objetivo del día: Jökulsárlón.

Cuando llegamos a Jökulsárlón, nos quedamos un buen rato en silencio. La laguna es impresionante: enormes bloques de hielo flotando, algunos completamente blancos, otros de un azul intenso, moviéndose lentamente hacia el mar. El sonido del hielo chocando suavemente entre sí crea una atmósfera muy especial.

Además, tuvimos la suerte de ver alguna foca nadando tranquilamente entre los icebergs, asomando la cabeza de vez en cuando entre los bloques de hielo. Fue uno de esos momentos inesperados que hacen que el sitio todavía sea más mágico.

En esta zona se pueden hacer muchas actividades, como kayak entre icebergs o caminatas sobre el glaciar, pero nosotros decidimos simplemente disfrutar del lugar sin prisas. Nos sentamos, paseamos por la orilla y nos dedicamos a observar las formas imposibles que tenían algunos trozos de hielo. Parecían esculturas.

Justo al otro lado de la carretera está la famosa Breiðamerkursandur, más conocida como Diamond Beach.

Aquí, los fragmentos de hielo llegan desde la laguna hasta la playa de arena negra y quedan repartidos por toda la orilla, brillando como si fueran diamantes. Es uno de los contrastes más bonitos del viaje: el negro de la arena, el azul del hielo y el gris del cielo.

Nos quedamos bastante rato caminando por la playa, sacando fotos y buscando formas curiosas en los bloques de hielo. Cada uno era diferente.

A lo largo de la tarde, el tiempo empezó a empeorar bastante. Llegaron las nubes, el viento y la lluvia, y el ambiente se volvió mucho más duro. Después de varios días muy intensos, el cuerpo también empezaba a notar el cansancio.

Así que decidimos no alargar más el día y buscar un camping para descansar, ducharnos y recuperar fuerzas.

Llegamos ya con mal tiempo, preparamos algo rápido para cenar en la camper y nos metimos en la cama escuchando la lluvia golpear el techo. No era el final más épico del día, pero sí muy necesario.

Había sido una jornada llena de naturaleza, hielo, colores y paisajes únicos. Y todavía nos quedaba mucho por descubrir.

Jökulsárlón

Día 5: Fiordos del este, cañones de basalto y las cascadas más salvajes del norte

Ese día dejamos atrás poco a poco el sureste de Islandia y empezamos a adentrarnos en una zona completamente distinta: el este de la isla, con sus fiordos, carreteras solitarias y paisajes mucho más salvajes.

Desde primera hora, el tiempo empezó a cambiar. El viento era cada vez más fuerte, hasta el punto de que a ratos costaba mantener bien la camper en la carretera. Aun así, el trayecto era precioso: todo el rato bordeando fiordos, con montañas cayendo directamente al mar y carreteras infinitas sin apenas tráfico.

El paisaje ya no tenía nada que ver con el sur. Aquí todo era más otoñal, más seco y más rocoso, con menos verde y un ambiente mucho más áspero y auténtico.

Nuestra primera parada fue en el famoso pueblo de Seyðisfjörður, uno de los más bonitos del país.

Es conocido por su iglesia azul y por el caminito de arcoíris que lleva hasta ella, rodeado de casas de colores y montañas. Tiene un ambiente muy especial, tranquilo y acogedor, muy distinto al de las zonas más turísticas del sur.

De camino al pueblo paramos también en Gufufoss, una cascada bastante chula que cae desde la montaña junto a la carretera. No es de las más famosas, pero merece la pena parar unos minutos y estirar las piernas.

Después de Seyðisfjörður, pusimos rumbo hacia uno de los lugares que más nos impresionó del día: el cañón de Stuðlagil Canyon.

El camino hasta el parking no es especialmente bueno. Hay tramos irregulares y con piedras, así que si vas con un coche pequeño hay que ir con cuidado, porque podrías quedarte atascado fácilmente.

Una vez aparcas, todavía toca caminar un poco hasta llegar al cañón. Y cuando por fin lo ves… impresiona.

Está formado por enormes columnas de basalto perfectamente alineadas, con un río que baja con mucha fuerza por el medio. Hay dos zonas principales: una desde arriba, con vistas panorámicas, y otra desde abajo, donde puedes acercarte bastante al agua.

Nosotros bajamos todo lo que pudimos, aunque hay que tener cuidado porque puede ser peligroso, sobre todo si hace viento o el suelo está mojado. Dependiendo del tiempo, quizá no sea buena idea acercarse demasiado.

Aun así, ver la cantidad de agua bajando entre esas rocas negras es espectacular.

Stuðlagil Canyon

Después del cañón, seguimos hacia el norte para visitar dos cascadas impresionantes: Selfoss y Dettifoss.

Primero llegamos a Selfoss, una cascada muy ancha y elegante, que ya de por sí impresiona bastante por su tamaño.

Pero lo fuerte vino justo después, con Dettifoss.

Dettifoss es simplemente brutal. Es considerada la cascada más caudalosa de Europa, y cuando estás allí lo entiendes perfectamente. El ruido, la vibración del suelo, la cantidad de agua cayendo… todo es exagerado.

Aunque no esté lloviendo, es casi obligatorio llevar algo impermeable, porque acabas empapado solo con la nube de agua que se levanta. Nosotros terminamos mojados de arriba abajo, pero mereció totalmente la pena.

En esta zona el paisaje cambia aún más: todo se vuelve más oscuro, volcánico y mineral, con rocas negras, menos vegetación y una sensación casi lunar.

Ya bastante cansados, continuamos hasta la zona de Ásbyrgi, donde decidimos pasar la noche.

Después de un día tan largo, con viento, carretera, caminatas y cascadas enormes, lo único que nos apetecía era cenar tranquilos en la camper y meternos en la cama.

Habíamos cruzado medio país en un solo día y el cambio de paisajes había sido brutal. Islandia volvía a demostrarnos que, en cuestión de horas, puede parecer un país completamente distinto.

Ásbyrgi

Día 6: Geotermia, relax, cascadas y auroras boreales

Nos despertamos en uno de los lugares más especiales del norte: el cañón de Ásbyrgi. Nada más salir de la camper, lo primero que nos llamó la atención fueron los colores otoñales, con tonos anaranjados, marrones y verdes suaves mezclándose por todas partes.

Paseamos un rato por el interior del cañón, caminando tranquilamente hasta un pequeño lago que hay en la zona. Es un sitio muy diferente al resto de Islandia: cerrado, silencioso y con una sensación de calma absoluta. Fue una forma perfecta de empezar el día.

Desde allí pusimos rumbo hacia la zona de Mývatn, donde el paisaje vuelve a cambiar por completo.

Nuestra primera parada fue en Hverir, una zona geotérmica llena de fumarolas, charcos de barro hirviendo y suelo de colores imposibles. Aquí vuelve a verse claramente cómo Islandia está viva por dentro.

En este tipo de lugares, el agua subterránea se calienta al entrar en contacto con rocas volcánicas muy calientes, generando vapor y gases que salen a la superficie. Por eso ves humo constantemente saliendo del suelo.

Eso sí, el olor a azufre es bastante intenso. No es desagradable del todo, pero se nota… y mucho.

Muy cerca está también el volcán Krafla, al que se puede subir caminando. Nosotros nos acercamos hasta la zona del cráter, y allí incluso empezaba a nevar ligeramente, lo que le daba al paisaje un toque todavía más especial.

Ver nieve, vapor, lava solidificada y montañas en el mismo sitio es algo muy típico de Islandia… y sigue sorprendiendo cada vez.

Después de varias paradas volcánicas y caminatas, tocaba algo que llevábamos días esperando: relajarnos en los Mývatn Nature Baths.

Estos baños termales son como una versión más tranquila de la Laguna Azul, con menos gente y un entorno mucho más natural. Tienen piscinas calientes, zonas más templadas y saunas, perfectas para recuperar el cuerpo después de tantos kilómetros.

Con el frío exterior y el vapor saliendo del agua, estar allí metido fue una auténtica maravilla. Era justo lo que necesitábamos en ese momento del viaje.

Cuando salimos de los baños ya estaba empezando a atardecer, así que nos pusimos de nuevo en ruta hacia Goðafoss.

Esta cascada es impresionante tanto desde arriba como desde abajo. Desde los miradores se aprecia su forma curva y su tamaño, pero acercarte a pie de agua te permite sentir de verdad la fuerza con la que baja el río.

El contraste del agua blanca con las rocas oscuras y el cielo del norte crea un paisaje brutal.

Goðafoss

Después de Goðafoss, seguimos conduciendo hacia Akureyri, la capital del norte de Islandia. Pasamos por allí al anochecer, viendo ya un ambiente más urbano después de tantos días de naturaleza.

Desde esta zona salen muchas excursiones para avistamiento de ballenas, orcas y otros cetáceos, sobre todo desde lugares como Húsavík o Hauganes.

Es uno de los mejores puntos del país para ver ballenas, y mucha gente incluye esta experiencia en su ruta. Nosotros, por falta de tiempo, no pudimos hacerlo, pero sin duda es algo a tener en cuenta si tienes algún día extra.

Finalmente, seguimos un poco más allá de Akureyri y dormimos por esa zona, en un entorno ya totalmente tranquilo.

Y esa noche pasó algo muy especial.

Por primera vez en todo el viaje, conseguimos ver auroras boreales.

Al principio apenas se notaban: unas líneas verdosas muy tenues en el cielo. Pero poco a poco fueron ganando intensidad, extendiéndose y moviéndose como si alguien estuviera pintando sobre la oscuridad.

Es verdad que a simple vista no se ve tan espectacular como en las fotos, pero aun así fue increíble. A lo largo de la noche se fueron haciendo más fuertes, con formas y movimientos claros, hasta iluminar buena parte del cielo.

Estar allí, en mitad de la nada, con frío, silencio y las auroras encima… fue como cumplir uno de esos sueños viajeros que llevas años imaginando.

Otro check más en nuestra lista de Islandia.

Auroras boreales

Día 7: Campos de lava, formaciones curiosas y la magia de la península de Snæfellsnes

El séptimo día sabíamos que nos tocaba mucho coche. Teníamos bastante trayecto por delante y, al principio, el paisaje se volvió más monótono y desértico, con enormes extensiones de campos de lava y carreteras interminables.

No era la parte más espectacular del viaje, pero también tenía su encanto: esa sensación de estar cruzando un territorio casi vacío, salvaje y silencioso, donde apenas ves casas ni coches durante kilómetros.

Nuestra primera parada fue en Hvitserkur, una formación rocosa en medio del mar que, según desde dónde la mires, parece un elefante bebiendo agua… o incluso un dragón.

Es un sitio muy curioso, rodeado de costa salvaje y con un ambiente bastante diferente al del sur. Bajamos hasta la playa para verla de cerca y estuvimos un rato sacando fotos desde distintos ángulos.

Después seguimos hacia Borgarvirki, una antigua fortaleza natural formada por columnas de basalto en lo alto de una colina. Desde arriba hay muy buenas vistas de los alrededores y se aprecia perfectamente cómo la naturaleza ha creado una especie de “castillo” sin intervención humana.

Continuamos el recorrido pasando por el cañón de Kolugljúfur, donde el río cae entre paredes rocosas formando varias cascadas. No es tan famoso como otros, pero es muy bonito y tranquilo.

Hvitserkur

Desde allí ya pusimos rumbo directo hacia una de las zonas más completas del país: la península de Snæfellsnes, conocida como “Islandia en miniatura”, porque concentra muchos paisajes distintos en pocos kilómetros.

Una de las paradas más esperadas del día fue Kirkjufell junto a Grundarfoss.

Es probablemente una de las imágenes más icónicas de Islandia: la montaña con forma perfecta y, delante, unas pequeñas cascadas. La típica foto de postal.

Y sí, en directo impresiona igual o más. Aunque suele haber bastante gente, merece totalmente la pena parar, caminar un poco por la zona y disfrutar del paisaje con calma.

Antes de llegar a Kirkjufell, habíamos pasado por la zona de Berserkjahraun, un enorme campo de lava cubierto de musgo, con un paisaje muy diferente al resto. También nos acercamos a unas pequeñas grutas y formaciones rocosas que hay por la zona.

Después seguimos hacia la costa, pasando por Malarrif y hasta Gatklettur, un arco natural de piedra sobre el mar.

Toda esta parte de la península es muy salvaje, con olas rompiendo fuerte, acantilados, rocas negras y viento constante. Tiene un aire muy cinematográfico.

Después de recorrer buena parte de Snæfellsnes, ya bastante cansados, emprendimos el camino hacia Borgarnes, donde pasamos la noche, ya fuera de la península.

Fue un día largo, con muchos kilómetros y muchos paisajes distintos, pero también muy completo. Habíamos pasado de campos de lava a montañas icónicas, arcos marinos y cascadas en cuestión de horas.

Islandia volvía a demostrar que no se repite nunca.

Kirkjufell

Día 8: Cascadas turquesa y despedida tranquila en Reikiavik

El último día de ruta lo empezamos con calma, sabiendo que ya tocaba ir cerrando el viaje poco a poco. Nuestra primera parada fue en dos cascadas muy diferentes a todo lo que habíamos visto hasta entonces: Barnafoss y Hraunfossar.

Hraunfossar es especialmente curiosa, porque el agua no cae desde una gran altura, sino que brota directamente desde un campo de lava, formando decenas de pequeñas cascadas con un color azul turquesa impresionante. Parece casi irreal.

Muy cerca está Barnafoss, mucho más salvaje, con el agua pasando a toda velocidad entre las rocas formando rápidos y remolinos. El contraste entre ambas es brutal, y es una parada perfecta para despedirte de la naturaleza islandesa.

Después de las cascadas, pusimos rumbo de vuelta a Reikiavik, porque queríamos pasar allí nuestras últimas horas antes del vuelo de regreso.

La verdad es que ese día no hicimos nada especialmente intenso, y también se agradeció. Paseamos sin prisas por el centro, entramos en algunas tiendas para comprar recuerdos y regalos, y simplemente disfrutamos del ambiente de la ciudad después de tantos días en plena naturaleza.

Volvimos a entrar en Hallgrímskirkja, esta vez para verla por dentro con calma. Su interior es muy sencillo, pero imponente, con ese enorme órgano y esa sensación de amplitud que transmite tanta tranquilidad.

Fue una forma bonita de cerrar el viaje, volviendo al punto donde todo había empezado.

Ese último día fue sencillo, sin grandes aventuras, pero necesario. Sirvió para bajar el ritmo, ordenar recuerdos y darnos cuenta de todo lo que habíamos recorrido en solo ocho días.

Cascadas, volcanes, glaciares, playas negras, fiordos, auroras, termas… Islandia nos había dado muchísimo más de lo que esperábamos.

Y, aunque al día siguiente tocaba volver a casa, una parte de nosotros se quedó allí, entre carreteras infinitas y paisajes imposibles.

Barnafoss

LO QUE ME LLEVO DE ISLANDIA

Ocho días recorriendo Islandia en camper pasan volando, pero dejan una huella difícil de explicar. No es solo por las cascadas, los glaciares o las playas negras, sino por todo lo que se vive entre medias: el viento golpeando la furgoneta por la noche, los madrugones con frío, las carreteras infinitas sin nadie alrededor y esa sensación constante de estar en un lugar completamente diferente a todo lo que conocías.

No fue un viaje perfecto. Hubo cansancio, lluvia, cambios de planes y días en los que el cuerpo pedía descanso. Pero precisamente ahí está parte de su magia. Islandia te obliga a adaptarte, a improvisar y a aceptar que no siempre mandas tú, sino la naturaleza.

Además, este viaje tuvo algo todavía más especial: lo compartí con mi hermano. Vivir una aventura así juntos, perderse por carreteras sin nombre, reírnos de los imprevistos y celebrar cada sitio nuevo hizo que todo tuviera aún más sentido.

Uno de mis grandes sueños antes de venir era ver auroras boreales. Era, sin duda, lo que más ilusión me hacía. Durante varios días mirábamos el cielo sin suerte, preguntándonos si al final tendríamos esa recompensa.

Y cuando por fin aparecieron, en mitad de la noche, casi sin avisar, fue mágico. Primero tímidas, casi invisibles, y poco a poco iluminando todo el cielo. Estábamos allí, con frío, cansados, en silencio… mirando hacia arriba sin decir nada. Fue uno de esos momentos que se quedan grabados para siempre.

Dormir en mitad de la nada, cocinar mirando montañas, despertarte con una cascada delante o ver cómo el cielo se pinta de verde junto a alguien tan importante para ti… son recuerdos que no caben en ninguna foto.

Este viaje también nos enseñó a ir más despacio, a disfrutar sin prisas y a valorar los pequeños momentos: un café caliente dentro de la camper, una charla al final del día, una carretera vacía al atardecer.

Cuando volvimos a casa, lo hicimos con miles de imágenes, sí, pero sobre todo con una sensación difícil de describir: la de haber vivido algo único juntos.

Si estás pensando en recorrer Islandia, mi consejo es simple: hazlo. A tu manera, a tu ritmo, sin intentar verlo todo. Déjate sorprender, equivócate un poco, cambia planes y disfruta del camino.

Porque Islandia no es solo un destino.
Es una experiencia que se queda contigo… y con quien la compartes, para siempre.

MAPA

Para que te hagas una idea visual de esta ruta tan intensa, he creado un mapa interactivo en Google My Maps marcando todos los puntos que visitamos, separados por día. ¡Espero que te sea súper útil para organizar tu propio viaje!